domingo, 21 de agosto de 2011

El alquiler del mundo

Pablo Sánchez
Premio de Novela Francisco Casavella 2010
Destino. Barcelona. 2010
315 páginas. 18 euros


Pablo Sánchez (Barcelona, 1970) criticó en su primera novela, Caja negra, la mercantilización de la literatura. En la segunda, El alquiler del mundo, este catalán, residente en el sevillano barrio de Nervión, ajusta cuentas con la mercantilización de la vida y la rendición, general y sin condiciones, ante el poder del dinero.

Profesor investigador en la Universidad de Sevilla, Sánchez escribió esta novela antes del reventón de Lehman Brothers y del estallido de la burbuja inmobiliaria. Su crítica no es, por tanto, oportunista, sino oportuna porque ahora más que nunca procede revisar desde todos los frentes –también el literario- el “gran teatro de los negocios y el poder”. La gran farsa del capitalismo extremo, que el autor radiografía a través de César, consultor de una poderosa multinacional, a la que llegó tras renegar de sus estudios de Filosofía por “miedo a lo desconocido, a la trascendencia” y cursar un máster en administración de empresas que le sitúa en el escenario enmoquetado de los altos cargos empresariales, inhabitual en nuestra narrativa.

La acción coge aire cuando le nombran director de la oficina de su empresa en Barcelona, maldita tras el despido de una empleada, “la loca”, que tuvo que ser ingresada en un psiquiátrico -un personaje, por cierto, que recuerda sobremanera a Noelia de Mingo, la doctora que mató a cuchilladas a tres personas en la clínica de la Concepción en 2003-. Entonces, César trata de imponer la razón mercantil a la sinrazón existencialista y autocompasiva que desgobierna la oficina y lo hace con todas sus fuerzas porque es un hombre decidido a convertir la competencia en su única emoción y enmascarar su vacío existencial con el espejismo del “pulso anterior al infarto”.

La caracterización psicológica de este personaje es quizá, uno de los mayores aciertos de la novela junto el suspense entretejido en torno a su hijo Jan, la forma despiadada en la que el narrador personaje va revelando las debilidades ajenas y cómo trata de salvaguardar su aparente perfección, ocultando sus secretos hasta que la verdad supura.

Se trata, pues, de una novela con intención y amena que, quizás, hubiera requerido cierta poda para aligerar algunos diálogos y largas digresiones, sobre Dios, el poder o el dinero, que ralentizan a veces el, por lo demás, eficaz ritmo narrativo.

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