Rodolfo Braceli es, entre otras muchas cosas, un periodista de talento con una visión y práctica del oficio heterodoxa, ajena los dictados de los “maestrudos” y sus manuales.
Gracias a su particular método, que esboza en el último capítulo de este libro,
logra que “el entrevistado suelte la chaveta del autocontrol, salga de ese traje que lo mantiene dentro de lo políticamente correcto o de la simulación de lo políticamente incorrecto”.
Y eso es, precisamente, lo mejor de Escritores descalzos. La forma en que Braceli descalza –es decir, desnuda- a los siete escritores (y dos personajes más) que aparecen en estas "
conversAcciones". Cómo rastrea no su tinta literaria, sino esa otra tinta que se nutre de olores, comidas, miedos o supersticiones.
Entre los personajes radiografiados se encuentran
Gabriel García Márquez, Ray Bradbury y Woody Allen. También algún no escritor, como Norah Borges, hermana de Jorge Luis, a quien se aproxima para saber cómo era Borges “en la tinta de los años de su niñez, adolescencia y juventud”. Pero el capítulo más brillante es, quizá, el que dedica al autor argentino. Extracta conversaciones mantenidas con él desde 1965 hasta 1983,
revelando no ya a los dos Borges reconocidos por el escritor, sino al tercero, esa “especie de inquilino atroz” que profería barbaridades (“Yo no entiendo cómo alguien puede sentirse orgulloso de ser vasco… Los vascos me parecen más inservibles que los negros, y fíjese que los negros no han servido para otra cosa que para ser esclavos”).