
Umberto Eco reflexiona sobre los personajes de ficción en Confesiones de un joven novelista. ¿Por qué lloramos por Ana Karenina y no por la muerte de hambre de millones de personas reales? ¿Por qué nos conmueve su desgracia si no es más que un personaje literario? Estas son algunas de las preguntas que sirven como punto de partida a uno de los capítulos del libro, titulado “Algunas observaciones sobre los personajes de ficción”:
“[…] muchos lectores, independientemente de su estatus cultural, son, o se vuelven, incapaces de distinguir entre ficción y realidad. Se toman en serio a personajes de ficción, como si los personajes fueran seres humanos reales. […] Podemos identificarnos con personajes de ficción y con sus hazañas porque, según un acuerdo narrativo, empezamos a vivir en el mundo posible de sus historias como si fuera nuestro propio mundo. […] cuando leemos una pieza de ficción, aceptamos un acuerdo tácito con su autor o autora, que finge que lo que ha escrito es cierto y nos pide fingir que nos lo tomamos en serio. Al hacer esto, todo novelista diseña un mundo posible, y todos nuestros juicios sobre lo verdadero y lo falso se refieren a ese mundo posible”.
“[…] nadie puede afirmar todas las propiedades de un individuo dado o de una especie dada, que son potencialmente infinitos, mientras que las propiedades de los personajes de ficción están severamente limitadas por el texto narrativo, y solo los atributos que menciona el texto cuentan para la identificación del personaje. De hecho, conozco mejor a Leopold Bloom que a mi propio padre”.
