sábado, 10 de septiembre de 2011

Punto de fisión

David Torres
Algaida. Sevilla, 2011
376 páginas. 20  euros

Como Frankenstein, la última novela de David Torres (Madrid, 1966) está hecha de fragmentos. Su historia se construye con “trozos de otras historias” para conformar, una vez ensamblados como las piezas de un cristal roto, el reflejo deformado de la realidad quebrada del ser humano, más allá de las máscaras, uniformes y patéticas, tras la que ocultamos nuestros puntos de fisión y fracturas particulares.

Así pues, Punto de fisión consta de una novela dentro de la novela y tres líneas narrativas que discurren “a la manera de una trenza, sin que las tramas se toquen, hasta el último tercio de la novela”, cuando todos los personajes coinciden en “una gran escena tragicómica”. La explicación se incluye como mapa de carreteras explícito en el texto para que los lectores encuentren el camino en este “laberinto de historias y géneros”. La primera es un manuscrito de un niño llamado Sergei, al que la mafia ucraniana obliga a penetrar en la zona contaminada tras la catástrofe de Chernobyl, para recuperar recuerdos de los supervivientes. La segunda cuenta las peripecias de Rodríguez, un inspector de policía abatido por el divorcio, que juega a escribir sonetos para sobrevivir al vacío, encargado de investigar la amenaza de un grupo terrorista delirante llamado PICHY (Partido Independentista Chulapo ¿Y?). La tercera se centra en Leonardo Zubiri, superviviente al impacto de un rayo y enfermo de literatura. Y la cuarta retrata la caída y resurrección del editor Matas tras su gatillazo con su ayudante, la politatuada Julia.

David Torres.
¿Qué tienen en común estos personajes? Todos son, de alguna manera, supervivientes de su particular y órfico descenso a los infiernos. Náufragos que recurren a la escritura para explicarse su vida. Personajes que rompen el cristal que separa realidad y ficción, concebidos por Torres como vasos comunicantes que se alimentan de la necesidad de contarnos historias y que, unidos, conforman una esperpética y surrealista declaración de amor al oficio de escribir.

El propio autor reseña su propia obra en Punto de Fisión, Premio Logroño de Novela. Dice que es “un cóctel a medio camino entre el disparate total y la novela picaresca con la tragedia de Chernobyl de fondo”. Una novela compleja, de registros extremos que funciona, como artefacto literario, a la manera recosida y excéntrica de Frankenstein.


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