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copy Ignacio Gil |
Pilar Adón (Madrid, 1971) ha publicado los
libros de relatos El mes más cruel (Impedimenta, 2010),
por el que fue nombrada Nuevo Talento Fnac, y Viajes Inocentes (Páginas
de Espuma, 2005), por el que obtuvo el Premio Ojo
Crítico de Narrativa, así como la novela Las hijas de
Sara (Alianza, 2003), considerada una de las diez mejores obras
de ese año. Ha sido incluida en diversos volúmenes de relato, entre los
que destacan Cuento español actual (1992-2012), recientemente publicado por Cátedra, y
también ha incursionado en la poesía. En 666
invoca a terroríficos Espíritus
familiares, sobre los que ahonda en la siguiente entrevista.
Para quien no haya tenido aún la
ocasión de leerlo, ¿de qué trata Espíritus
familiares?
Para
mí es una historia de terror. Así la concebí y así quise escribirla. Se mezclan
en este relato muchos de los componentes que más me estremecen: el desarraigo
(espacial y sentimental), la soledad absoluta, la pérdida de control de lo que
sucede y la sensación de que lo irracional lo domina todo. Cuando algo no tiene
explicación y, además, no es benéfico sino, como en el caso de este relato,
destructor, funesto, hay pocas vías por las que escapar. Y es necesario hacerlo.
La protagonista de Espíritus familiares
no lo logra y se ve atrapada en una sutil trampa: la de la dependencia, la de
la obediencia debida. Es como si la persiguiera cierto fatalismo que forma parte
de la historia de su familia. Y ella no se puede sustraer a él. Es algo
inevitable. Y es justamente ese elemento de inevitabilidad, de inexorabilidad, lo
que me parece terrorífico.
En algunos de los relatos incluidos
en 666 se nos muestran demonios
familiares e infiernos privados. Habrá quien se pregunte si, en el caso de que
hubieran sido escritos por hombres, ofrecerían quizá una perspectiva más
pública de lo maligno…
No
lo sé. Me parece un tópico decir que la dimensión creativa femenina es más
introspectiva, más sutil, o que los infiernos en las mujeres ocurren de puertas
adentro pues la casa es el campo de juego natural de nuestro devenir. De un
devenir privado. El que hable en mis relatos de espacios cerrados y de
relaciones claustrofóbicas no se debe tanto al hecho de que sea mujer como a
que los conflictos que se desarrollan en el ámbito familiar (con sus sutiles
mecanismos de poder, chantaje y dependencia) me resultan más interesantes y
desgarradores que los que se puedan ocasionar en cualquier otro ámbito. Aunque
también podrían tener lugar en un colegio o entre los miembros de la
tripulación de un barco que navega por el océano, lugares más públicos, pero
también cercados. En cualquier espacio en el que se escenifique una jerarquía y
unas relaciones de poder muy marcadas.
Cuando Fausto firma el contrato
con Mefistófeles, descubre en su brazo la inscripción “Homo fuge” (hombre
huye). La protagonista de Espíritus
familiares, Rebeca, es una joven universitaria en fuga. ¿Se puede huir del
dolor que “succiona y aniquila”?
Lo mejor es no caer en él. No buscarlo ni provocarlo con
actitudes mentales poco sanas. Influidos por la cultura occidental, por las
religiones del Libro, seguimos arrastrando la creencia de que estamos en este
mundo para sufrir y purgar algún tipo de pecado original, de cuya sombra no nos
podemos sustraer (nos toca pagar por ser hombres y ser libres). La culpa nos
acompaña durante toda nuestra vida, y sólo nos libraremos de ella en la
siguiente. Sin embargo, huir de ese destino es lo que nos hace verdaderamente
humanos. Es entonces cuando descubrimos que las salidas no están lejos, y que es
aquí y ahora cuando debemos librarnos de tanto dolor y de la muda acusación que
constantemente cae sobre nosotros cuando parece que nos “atrevemos” a ser
felices. Soy consciente, en cualquier caso, más allá de aspiraciones y
pretensiones, de que el dolor va con nosotros y de que huir es complicado. Huir,
además, es una palabra que tiene mala prensa. Parece que hay que aguantar lo
que toque e intentar soportarlo con resignación, aunque, de nuevo, creo que ese
aguante vuelve a ser una derivación de unos preceptos religiosos mal
entendidos. Cuando algo no va bien, es mejor intentar cambiarlo. O huir. No
estoy en absoluto de acuerdo con eso de “Más vale lo malo conocido…”
Su relato está lleno de sonidos.
Cierto ruido exterior a Rebeca, conformado por el rugido del viento,sonidos de
neumáticos sobre el asfalto mojado, voces de transeúntes, llantos de niños,
aullidos de perros… Un ruido enunciado que sintoniza bien con el desorden
interno de su protagonista…
El
ruido es una forma más de encarnación del mal, y los que vivimos en Madrid y lo
sufrimos segundo tras segundo lo sabemos bien. Las grandes ciudades pueden ser
desquiciantes, muy agresivas. La ciudad es caos. Es actividad, potencia. El
desorden, la intrusión, esa violencia que forma parte de la atmósfera de las
ciudades que no duermen, me vienen como anillo al dedo para ambientar y caracterizar
el sufrimiento de Rebeca. La electricidad de fondo, el murmullo continuo que
nunca cesa, ese muro sónico que está detrás de nuestra vida cotidiana, son un
reflejo del rumor de pensamientos obsesivos que nos inundan y que nosotros
obviamos porque si no lo hiciéramos, nos volveríamos locos. Hasta que esos
pensamientos toman el control. La reflexión ha de hacerse en silencio. La
creación necesita silencio, al menos exterior y al menos para mí. Sé de otras
escritoras que crean rodeadas del rumor de la ciudad, y que se sienten acogidas
por él. Para mí el ruido es un intruso indeseado.
Si no podemos refugiarnos en la
locura para preservarnos de nuestros demonios, ¿qué nos queda?
La
cordura. Sin duda. Siempre la cordura y la serenidad. A nuestros demonios les
encanta mandar. Mandar sobre nosotros. Conducirnos, llevarnos de la mano por
donde ellos quieren. Pero lo más sensato que podemos hacer es relegarlos a un
rincón donde no den la lata y donde podamos tomarlos como lo que son: entes molestos
a los que hay que ignorar.
En su relato se nos habla de una
barandilla “mojada aunque no hubiera llovido”, un árbol “caprichoso y
descomunal”, criaturas inconcebibles… Sin embargo, lo realmente pavoroso de su
cuento es una especie de amor… que no sé definir. ¿Me ayuda?
Es
el amor a una madre. Con todo lo que conlleva. Aunque parezca lógicamente
inconcebible para el personaje, aunque ella sepa que su madre no está, lo
cierto es que de una manera demencial, irracional, la ve. Habla con ella. Y si
la madre le dice que desaparezca, ella desaparece ya que le parece inimaginable
que su madre pueda buscar el mal para ella. En el fondo, Rebeca siente que
cierra un círculo. Un círculo que se abrió con la muerte de su madre y que
todavía no se había completado. Y, mientras tanto, subsisten la culpa y los
reproches y el hecho de que sienta que no cumplió con su deber en su momento ni con
lo que se esperaba de ella, y que lo más lógico sería estar con quien más
quiere. Y sólo existe una manera de hacerlo. He ahí el elemento terrorífico que
subyace en el relato, bajo mi punto de vista: el deseo de morir, de anularse,
de desaparecer, se encarna en la persona a la que más se quiere de manera
instintiva, por naturaleza. Y esa persona, además, colabora en su destrucción.
‹‹Mi madre es un pez>>, dice
Vardaman Bundren en Mientras agonizo.
¿Qué es, por todos los demonios, la madre de su relato?
Todo
el mundo fantasea con su propia muerte. Y con la muerte de la gente a la que
quiere. Forma parte de nuestras imaginaciones más secretas. Para el catolicismo,
el suicidio es el máximo tabú. Es inconcebible. Es el pecado imperdonable.Sólo
dos seres son capaces de darnos la vida y sólo ellos, en una especie de
razonamiento consecuente,tendrían la supuesta potestad de quitárnosla. Una es
Dios. Otra es nuestra madre. Cuando ya ni siquiera Dios (para el que cree) puede
aportar motivos suficientes para seguir, parece lógico que sea sólo esa persona
física quien pueda autorizarnos a devolver el regalo envenenado. Así, la madre de
Rebeca es la única voz autorizada para pedirle que confíe en ella y que la siga
para acabar de una vez con todo.
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