jueves, 16 de junio de 2011

Horror tras la ventanilla

Tengo la imagen de una gitana rumana clavada en un sitio que no sé nombrar. Es una vieja seca y doblada, con los ojos como púas. La veo cada mañana cuando voy a trabajar, en la calle donde un africano intenta –“por favor, por favor”- que le compre La Farola. La misma donde un hombre sin brazos, clavado de rodillas, mendiga en silencio monedas que no sé cómo guarda en el bolsillo y donde un parado, sentado en una sillita plegable junto a una oficina bancaria que ofrece una televisión LED por domiciliar la nómina, ha escrito “no tengo trabajo” en el culo de una caja de cartón, sobre la que reposa un Niño Jesús con la pierna quebrada. La vieja tiene, allí donde debería estar su mano derecha, un muñón que no me atrevo a mirar de frente. Solo sé que lo tiene moreno y redondo, como si estuviera pulido, y que lo esgrime como un puño. Un puño que no puede ser, pero golpea, como su voz quebrada, que dice cosas que no entiendo, pero hiere, así que corro para no perder el autobús que se acerca y busco la protección higiénica de su aire acondicionado y de las miradas gélidas de los viajeros que miran, sin ver, el horror que respira tras la ventanilla.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Bien se de lo que hablas Carmen porque conozco a esas personas que describes,que como dice Galeano ya no tienen ni el lujo de vivir por debajo del umbral de la pobreza, ellos ya se cayeron de las estadísticas.Allí por los parques de tu barrio hay que cojer número para dormir en los bancos, en los vagones para llegar, los músicos callejeros se solapan, mientras uno comprende "la sociedad del bienestar" al comprobar que no provoca el más mínimo estímulo tener a una persona a menos de 5 cm. Un beso guapa.

Carmen Jiménez dijo...

Los tiranos de Goldman Sachs y compañía van a convertirnos en un país de mendigos. Ya pisamos la moqueta de sus despachos pidiendo, por favor, por favor, que coloquen nuestra deuda...