martes, 16 de octubre de 2012

Tren de lejanías

Mar de los Ríos
Arcopress Ediciones, 2012.
240 páginas. 19 €.


Alejandro Gándara cuenta que, cuando escribe, siempre se pregunta qué llevan sus personajes en los bolsillos. Aunque este detalle no figure luego en la narración, él lo sabe y eso es algo que queda patente en sus obras. Es decir, se nota que sabe con exactitud cómo son sus personajes más allá de sus rasgos primarios, como el color de pelo o su forma de vestir. Y lo mejor que puedo decir de esta novela de Mar de los Ríos (Almería, 1966) es que la autora conoce también, de verdad, a su heroína, Elena de Lirola, una “señoritinga de provincias” culta y tozuda en tránsito hacia la modernidad, aunque no siempre logra trasladar ese conocimiento de forma verosímil y oportuna al lector, haciendo que el artificio que es toda novela se resienta en el caso de su Tren de lejanías.

Así, por ejemplo, la autora –arquitecta técnica de profesión- no explica hasta la página 153 por qué su personaje sabe tanto sobre arquitectura siendo, como es, una niña de familia bien en la segunda década del siglo XX, una época en la que el acceso a la educación y la cultura de las mujeres era más que inusual. Luego, cuando el lector se entera por fin que tal conocimiento obedece a la influencia del padrino de la protagonista, arquitecto municipal, es demasiado tarde. El poder de persuasión de Elena, como narrador personaje, ya está en entredicho.

Sin embargo, Elena es un personaje interesante porque presenta aptitudes singulares. Es una veinteañera, madre de dos hijos, que en junio de 1914 coge un tren en Almería para ir en busca de su marido, un misterioso alemán que, desde que regresó a Múnich dos años antes por aparentes razones familiares, apenas ha dado señales de vida. La singularidad de Elena, retratada en su viaje a través de Europa “en busca de la serenidad, no de la felicidad”, es la que marca el ritmo de la acción y acarrea el conflicto, en tanto que el mundo –el de hoy, pero mucho más el de inicios del siglo XX- no está compuesto de singularidades sino de las reglas comunes que conforman el orden establecido.
Mar de los Ríos.
Viaje iniciático

Como suele ser normal en este tipo de narraciones, el desvelamiento que realiza Elena no es tanto de sí misma, que también, sino de la realidad que le rodea. Una realidad convulsa, previa al estallido de la I Guerra Mundial, que tiene su paralelismo en la fractura y evolución del personaje, en su viaje interior que concluye con un cuestionamiento sobre los roles de género vigentes en la época y un reconocimiento hacia las mujeres que se atrevieron entonces a cuestionarlos, como Carmen de Burgos o Virginia Wolf.

Desde un punto de vista formal, la narración del viaje iniciático que emprende la protagonista se construye en primera persona, con un aliento corto, tono medio y cierta inclinación a trabajar las emociones, infrautilizando la capacidad de las imágenes como recurso expresivo para provocar sentimientos en los momentos de conflicto o drama, abundantes en la tercera novela publicada por la esforzada autora almeriense, a la que resultará interesante seguir en su particular tránsito literario.

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